Croquetas, Madres y muerte.

Estoy sentado con Miguel en la barra del Bahiana. Es el primer sábado primaveral de verdad en Madrid este año y Leticia nos ha invitado a unos cuantos para celebrar que ha sido su cumpleaños y que está unos días de paso en Madrid.

Entre croqueta y croqueta, Miguel me dice que el domingo se va al pueblo a ver a su madre, “porque es su día”. Yo tardo unos segundos en caer en la cuenta de que es el día de la madre.  Cuando se lo digo, me dice que es una putada que mi madre muriese cuando yo era tan joven. Y yo me quedo un rato pensando en ello.

Pienso en mi proceso de duelo y cómo veo la muerte y en cómo me ha afectado carecer de la figura de una madre desde los 21 años.

Es cierto que siento envidia cuando mis amigos me cuentan cómo sus madres les inflan la nevera con tuppers o cómo les ceban cuando vuelven a casa por navidad o hacen cosas con ellas. Y me pregunto muy a menudo cómo sería mi relación ahora, como adulto, con mi madre. Pero mientras mordisqueo otra croqueta llego a la conclusión de que estoy bastante orgulloso de cómo he manejado todo esto a través de los años.

Me las he apañado para tener toda una Red de Madres Postizas Adquiridas que hacen las funciones más que bien y que, si bien no son mi madre, me hacen sentir como un hijo más cada vez que estoy con ellas.

Precisamente, mis primeras croquetas las hice siguiendo una receta que me dio María, la madre de Mel, que me llama “hijo” cada vez que me ve y que es una de las personas más majas y sabias que conozco. Son muchas las cenas de verano en su terraza con ella y con Mel, cenando melón con Jamón, hablando de nuestras cosas y dándome más recetas en papelitos rosas escritos a mano.

Estoy leyendo un libro de Rafael Santandreu que me recomendó Ángel y tiene un episodio dedicado a la muerte y el duelo. Cuenta que cada vez que va a un funeral, nunca da el pésame a los familiares sino que dice algo así como “pues vete preparando, porque a ti te queda poco”, con una sonrisa de oreja a oreja. Cuenta cómo la muerte forma parte de la vida y que no tenemos que temerla en absoluto, que hay que aceptar que algunos morimos viejecitos y otros jovencitos y que por el camino, hay que disfrutar de la vida.

Cuando María vino al tanatorio el día que murió mi madre también vino sonriendo. No me dijo que me fuese preparando pero sí me dio un beso y me dijo “¿dónde está la tía? que luchó como una campeona y hay que apaludirle” y entró a la sala donde estaba mi madre a despedirse y presentarle sus respetos. Después de eso, salió con su sonrisa y se sentó conmigo.

La muerte de mi madre fue muy dolorosa, por supuesto, y me llevó tiempo pasar por todo el proceso del duelo. Pero desde entonces, y quizá precisamente por lo prematuro de todo aquello, tengo una relación con la muerte bastante parecida a lo que dice Santandreu en su libro. La muerte llega cuando llega; celebremos la vida con todo lo que conlleva, muerte incluida, y celebremos también a los que se marchan.

Y también celebro a todas mis Madres Postizas, que son muchas más que María. Está Mariló, la mujer más divertida con la que puedes pasar cualquier momento del día, que me da mucho amor y que lo mismo me lleva a cenar, que de vacaciones con su familia. Greta y sus comidas con TODA su familia en su jardín, Pilar y las conversaciones telefónicas absurdas vía-Alex. Y por supuesto, mi tía Charo (A.K.A Charini).

Y doy el último trago a la cerveza, el último bocado a la croqueta y decido pedirme otra cerveza, a la salud de todas ellas, salir fuera a la terraza del local, porque hace un sol estupendo, es sábado de un finde de tres días y se trataba de disfrutar de la vida, ¿No?

Feliz día de la madre (con retraso) a mis madres postizas!

Vuestro hijo postizo.

 

El Cáncer

Hoy es el día mundial contra el cáncer de mama. Por desgracia es un tema que me toca muy de cerca; Mi madre murió hace ya once años por culpa de esta enfermedad y mi hermana fue diagnosticada con un tipo rarísimo de cáncer de mama el año pasado. Ahora mismo está recuperada, pero aun hay que estar muy alerta.

Por estas dos razones, había pensado escribir una entrada hoy al respecto. Pero no sabía muy bien cómo abordarla; No quería soltar el típico discurso buenrrollista y tampoco quería que pareciera al final que estaba más hablando de mí y de la suerte de mi familia que de ellas, las que realmente lo han sufrido y que son REALMENTE las protagonistas de este día. Y entonces ha llegado mi hermana, con toda su sabiduría y ha actualizado su Facebook:

Después de todo lo que va de día (y aún queda, OMG…) escuchando banalidades optimistas sobre el cáncer de mama ya he llegado al punto de saturación y voy a abrir la boca. Así que quien quiera seguir con ese rollito opti-superficial, que se baje del tren ahora mismo porque le voy a amargar el día. Twain dijo “There are lies, damned lies and statistics” y tenía razón como en casi todo. A pesar de lo que os cuenten hoy, NO es verdad que 9 de cada 10 mujeres con cáncer de mama sobreviven a la enfermedad. Ese número es el resultado de mezclar en la misma estadística el porcentaje de mujeres que sobreviven a un diagnóstico de cáncer in situ o precáncer (que algunos especialistas se niegan incluso a considerar verdaderamente cáncer) y que es del 98-99%, con el porcentaje de supervivientes del resto de estadios tempranos de cáncer de mama infiltrante, que varía desde el 40% en el caso de los cánceres raros e hijoputas como el mío, hasta el 80-90% para los hormonales, que son los “chicos buenos” de la clase. No incluye tampoco a las mujeres que son diagnosticadas ya en estadio avanzado y que no van a sobrevivir salvo excepciones. En general se puede afirmar que el 30% de las mujeres a las que se diagnostica un cáncer infiltrante en estadio temprano van a tener metástasis en algún momento y van a morir por ello. Y también se puede afirmar que la cantidad de mujeres que mueren por cáncer de mama no ha disminuido en la última década. Las estadísticas mejoran, porque cada vez se diagnostica más precáncer, pero las mujeres seguimos muriendo igual, porque no somos una estadística y porque para muchas afectadas con las tipologías menos “domesticables” de la enfermedad, el progreso terapéutico ha sido nulo. Con todo esto quiero decir que ya está bien de mensajes deliberadamente ñoños y optimistas, de historias de “supervivientes”, de mensajes falaces (9 de cada 10 se curan, ¡esto está chupado, ¿eh?!) que creo que no aportan gran cosa más allá de apacentar al ganado. Más bien restan: restan conciencia social, restan esfuerzo y restan importancia y dignidad a quienes no sobreviven.

Y dicho esto, no queda decir o escribir mucho más. Hoy pienso en mi madre, mi hermana y todas vosotras.

.C.