Kaperucito? Oui, Ces’t Moi.

Hola queridos Cuatro Lectores!

¿Qué tal habéis pasado todo este tiempo? Espero que hayáis estado lo mejor posible o incluso mejor y, sobre todo, espero que no hayáis estado esperando ansiosamente una nueva entrada en este, vuestro blog. Porque probablemente ese ansia haya acabado devorando vuestros frágiles huesos.

MÁS DE UN MES sin actualización alguna. ¿Razones? varias y diversas, la verdad. Pero las principales son:

  • Mi desastrosa capacidad para organizarme.
  • Mi pasmosa facilidad para la procrastinación y maravillarme mirando GIF’s de gatitos.
  • Que he pasado más bien poco tiempo en casa últimamente.

Así que, heme aquí con un breve update kaperucitil, primero para demostrar que sigo vivo y segundo, para que sepáis dónde/cómo me encuentro:

Mundo Laboral: 

El cambio de trabajo se produjo. Ha sido un poco locura. Han coincidido mil historias; Migraciones de servicios, bajas de compañeros, migración de todos los aplicativos que se usaban, cambio de todos los protocolos y de la directiva… Todo eso, combinado con Los Fatídicos Tres Primeros Meses en un Nuevo Trabajo, ha hecho que haya sido todo bastante intenso y que me haya costado un poco aterrizar. Pero creo que ya he encontrado mi pequeño huequito en el que acomodarme.

Mundo Sentimental:

Conocí a alguien. Todo muy bello, bonito y “qué ganas tengo de verte”.

Pasado el primer mes, los “qué ganas tengo de verte” se convirtieron en:

  • “estoy muy cansado”
  • “tengo una cena super-importante”
  • “necesitaba tiempo para estar solo”
  • “es que tengo que ir a comprar un cartucho de tinta para la impresora de la GameBoy y me va a venir fatal quedar los próximos quince días, eh?”

Y al final, después de que me soltara el super original “Me gustas mucho, pero es un momento extraño de mi vida”, llegué a la conclusión de que, si de verdad te gusta alguien y quieres verle, encuentras el tiempo y lo ves. EASY LIKE THAT. Así que asumí que o Alguien tiene una madurez emocional no muy desarrollada o, ni le gusto tanto, ni tiene tantas ganas de verme. Por lo que, con todo el pesar de mi corazón, decidí hacerle el trabajo sucio y cortar las cosas, porque él no iba a mover pieza (ni nada) a ningún sitio. Y uno ya tampoco está para que anden mareándolo.

Así que pasados un par de meses, se acabó, como decía aquella. Anduve (y aun ando) algo triste porque el chaval me gustaba bastante y, al menos, parecía algo diferente, así que me hice bastantes ilusiones. Pero lamentablemente, no pudo ser. Aun así, lo poquito que hubo, fue bonito.

Mundo Eterna Lucha contra el Hombre Croqueta:

Retomé el running! y a buen ritmo! estaba corriendo ya casi diez kms cada dos o tres días (viva y bravo!). Digo “estaba” porque la semana pasada salí a correr por Bilbao y acabé con tendinitis. Así que llevo una semanita de reposo, pero mañana vuelvo. Palabrita.

También me he dejado convencer finalmente por Alex y Lolo y sus reptilianos espíritus vigoréxicos y me di de alta en Freeletics. De momento he hecho un entrenamiento y, si bien no me resultó tan abominable como esperaba (seguramente hice todos los ejercicios muy freestyle, por decir algo), hubo algún momento en que noté que iba a vomitar las durezas de los talones por la boca, así que, algo de ejercicio debí hacer.

Además, ya estoy buscando un centro de yoga para retomar mi Amada Actividad Físico/Espiritual.

Mundo Hombre Renacentista de Móstoles:

  • Piano:

Lo toco, de vez en cuando, de veras. Y él se deja tocar.

  • Japonés:

Lo retomé un poco. De veras. Y él a mí.

  • Escribir:

Estoy aquí. De veras. Esto no lo está escribiendo ninguno de mis Minions del Contact Center a cambio de un descuento suculento en La Nevera Roja y la eterna promesa de ser mi favorito.

En definitiva, creo que más o menos sigo igual y bien.

Vosotros qué tal habéis estado, Cuatro Lectores?

Según mis estadísticas sois 673, pero apenas conozco a ninguno! Contadme en los comentarios cómo fue vuestra primavera y cómo se presenta vuestro verano.

besos miles.

Prueba gráfica de que el stress laboral, el desengaño amoroso y la inconsistencia vocacional no han medrado mi lozanía y belleza naturales.

Prueba gráfica de que el stress laboral, el desengaño amoroso y la inconsistencia vocacional no han mellado mi lozanía y belleza naturales.

Me voy a casar.

Hace unos días se cumplían diez años desde que se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo en España. Diez años!

Ante tal cantidad de tiempo uno pensaría que después de una década la situación de la comunidad homosexual estaría (y me vais a perdonar que utilice esta expresión) “normalizada”.

Hubiese pensado que diez años son más que suficientes para que un país asimile un cambio legislativo y acepte una realidad la cual nadie desconocía pero muchos ignoraban mirando hacia otro lado: el hecho de que existan ciudadanos de segunda a los que se les deniegan derechos constitucionales elementales por su condición sexual.

Pero no es así y no culpo de ello exclusivamente a la población hetereosexual.

Durante las últimas semanas he leído estos titulares:

Los homosexuales, los que más ataques sufren por odio en España.

Cuatro gais son agredidos en plena Gran Vía al grito de “maricones”.

10 neonazis atacan a una pareja homosexual en Madrid.

Y lo peor es que cada vez son más frecuentes.

Lo primero que siento es rabia, impotencia y frustración; lo que le pasaría a la mayoría de la gente, supongo. Pero lo siento, esto no son peleas sin más, no son meras trifulcas, Son DELITOS DE ODIO. Pero las veces que la policía hace el esfuerzo de coger a los agresores, anota su DNI y los deja sueltos de nuevo; dando al asalto el tratamiento de una mera pelea.

Sí, llevamos diez años pudiendo casarnos pero aun existe gente a la que no le parece una atrocidad que estas cosas ocurran. No estoy diciendo ni de lejos que las aprueben o acepten, sólo digo que, siguen (seguimos) mirando a otro lado y pretendiendo que las cosas son de otra manera, para no salir de nuestra zona de confort y no asumir que la comunidad gay sigue sufriendo persecución, burla y ataques. A diario.

Y nosotros somos uno de los países “privilegiados”, en los que no se nos lapida, tira desde campanarios, encarcela para toda la vida, o ejecuta.

Hace 20 años, en España, se pegaba a un maricón, se le humillaba y se le vejaba por su condición y había sonrisas socarronas, silencio y se miraba a otro lado. Ahora hay muchos que ocultan la sonrisa porque es políticamente incorrecta y no toca sonreír, pero siguen mirando a otro lado.

Y vuelvo a lo que decía antes: no es sólo responsabilidad de la población heterosexual.

Para evitar el odio es necesario educar. Y parte de esa educación recae exclusivamente sobre los hombros de la comunidad gay. La gente se lleva las manos a la cabeza porque haya habido agresiones homófobas en la Gran Vía de Madrid. En la Gran Vïa! Pero es que también las hay fuera de la Gran Vía y son igual de graves, o más incluso. Al fin y al cabo, la Gran Vía, por mucho que sea el epicentro maricón de España, no deja de ser epicentro de todo; con una concentración altísima de gente y, por estadística pura, también de locos y gente chunga.

Pero yo, como homosexual, no quiero poder sentirme tranquilo sólo cuando paseo por la Gran Vía, quiero pasear abrazado con mi chico en la Gran Vía y en Viillatortas de Arriba, en cualquier lugar. No sólo hacerlo, quiero hacerlo y no sentir los ojos en mi nuca, no ser el mono de feria en el circo de ningún retrógrado ignorante, no tener que aguantar debates absurdos sobre si debo o no debo poder casarme o tener una familia. La homosexualidad no es un delito, y hace más de dos décadas que dejó de considerarse enfermedad de ningún tipo y no tengo motivo alguno por el que aguantar que se pisoteen mis derechos y que esto se permita con cierta laxitud porque aun no se considere el miedo y el odio hacia los homosexuales algo intolerable, e inadmisible. Sin lugar al debate.

Y respecto al tema del Matrimonio. Digo lo mismo: pago mis impuestos, no soy un delincuente ni un enfermo y tengo que tener exactamente los mismos derechos que cualquier otro ciudadano. No necesito discutir si debe o no debe llamarse “matrimonio”. La palabra “matrimonio” no pertenece a la Iglesia. De hecho nació antes que el matrimonio religioso y era algo eminentemente civil y pagano, antes de que la religión lo monopolizara. Ajeno a con quién se acostaban o dejaban de acostar los contrayentes. Y, de hecho, las relaciones homosexuales no eran condenadas, castigadas ni juzgadas entonces.

Y parte de esa educación a la sociedad de la que hablaba es nuestra responsabilidad. Apenas se ven matrimonios y familias gays y lesbianas en TODOS los ámbitos. Sin un poso de vergüenza y fuera de las cuatro calles del centro de las grandes ciudades. Matrimonios o parejas gays besándose en los parques, de la mano en el supermercado, hombres hablando abierta, tranquila y naturalmente de su marido y mujeres de su esposa, en el trabajo, en el taller mecánico, en la consulta del médico…

Creo que esa es la educación que tenemos que dar al resto de la población, mostrarles a diario que las parejas gays EXISTEN. Existen más allá de la Gran Vía y existen más allá de los cuatro estereotipos que compran y vendemos. Estamos entre vosotros y venimos a comernos a vuestros hijos llevamos una vida exactamente igual a la vuestra. También tenemos un padre que se hace mayor, una hija que no come, un hijo que no estudia, una madre batallando contra un cáncer o una abuela con alzheimer. Somos iguales y por eso merecemos los mismos derechos y el mismo respeto.

Y yo, personalmente, sí, sí quiero casarme, sí me gustaría tener hijos, y la casa con huerto y uno o dos perros. Y no, no estoy cayendo en el absurdo y obligatorio discurso del heteropatriarcado y convirtiéndome en un eslabón más en el engranaje al que nos quieren someter y bla bla bla. Quiero casarme porque me gustaría, porque, tal y como me han contado muchos amigos que lo han hecho, hay algo que cambia, aunque lleves diez años viviendo con tu pareja sin haber estado casados. Porque me gusta la idea de hacer algo bonito con la persona a la que amo como símbolo de sello de nuestro amor y compartirlo con mis amigos y la gente que quiero. Y no entiendo por qué parece que haya que avergonzarse de eso.

Y porque creo que tengo el deber de hablar de mi marido a todo el mundo y colaborar de alguna manera a que dejemos de vivir acomplejados por nuestra situación y con la necesidad de buscar vías alternativas cuando a veces, la más fácil es la que realmente funciona. Y poner un grano más de arena para educar a la sociedad e intentar hacer un lugar mejor para la gente en mi situación y la que venga detrás.

Y porque me gustan las bodas, leñe.

La foto la hice en la boda de Luisito y Joaquín. Una de las parejas más bonitas, nobles y valientes que he conocido jamás.

Móstoles no es una gran ciudad.

La inmensa mayoría de mis cuatro lectores sabe que vivo en Móstoles.

Móstoles, que pasó de ser una ciudad dormitorio a crecer y crecer hasta ser lo que es hoy en día: con sus más de 45 kms cuadrados de superficie y sus más de 200.000 Habitantes. Con sus alcaldes, porque fueron dos, que fueron los primeros en declarar la guerra a los franchutes en 1808. Sus empanadillas, sus Supremas, su Christian Galvez y su Iker Casillas. Y su Kaperucito, para servirles.

El otro día, cenando con Alex y David, ponía por enésima vez sobre la mesa mi dilema respecto a quedarme viviendo aquí o mudarme a Madrid. Ahora, que voy a ganar algo más en mi nuevo trabajo, podría plantearme compartir piso en Madrid o incluso buscarme un estudio pequeño para mí solo sin que supusiera morir de pobreza, inanición y aborrescencias varias. Por otro lado, existe la posibilidad de seguir de amo de llaves en la que fue la casa familiar e ir invirtiendo dinero en adecentarla y ponerla más a mi gusto.

Móstoles es fea. Punto. no hay el menor interés en salir a dar una vuelta o tomar unas cañas un domingo soleado, porque, en términos generales, no hay nada que ver. Edificios y edificios de ladrillo visto y un centro antiguo que podría ser bonito si la especulación no se hubiera cargado todas las casas bajas para construir más y más edificios y edificios de ladrillo visto. Esto es así.

Pero, de un tiempo a esta parte, estoy muy reivindicativo de la vida de barrio, aunque sea en Móstoles. Y dentro de mi paradójica línea de llevarme la contraria a mí mismo como nadie, me gusta salir a mañanear; ir al Mercadona a comprar salmorejo Hacendado, a los maxi chinos mastodónticos a admirar la cantidad de mierdas inservibles y adorables que se pueden llegar a fabricar en China, bajar al morofrutas a comprar algo de verdura para la comida, quedar los viernes con los chicos y cenar tomando cervezas en La Barbería. E incluso salir a pasear un domingo soleado.

Me gusta salir a caminar durante un par de horas y pasear por toda la ciudad. Casi siempre hago el mismo recorrido: subo hasta la plaza del pueblo, que la remodelaron cuando llegó el metro y ya ni parece una plaza. Paso por lo que fueron Galerías Rodrisa y y Galesar, donde veía juguetes de pequeño, cuando mi padre me llevaba a dar una vuelta los domingos y me compraba un Kinder Sorpresa, que devoraba en tres segundos y después rezaba a todos los dioses para que no me tocara ningún coche, avión ni medio de automoción alguno en la sorpresa. También paso junto a la fuente de los peces, donde nuestras madres no nos dejaban beber agua porque decían que los yonkis limpiaban ahí las jeringuillas. Subo por toda la avenida de la Constitución, que sigue siendo nuestra Gran Vía particular y decadente; con las mercerías de toda la vida, la lechería de Los Combos, la tienda de patatas fritas El Cisne y las tiendas de imitación de perfume a granel. Subo hasta la que será, per secula seculorum, La Rotonda del Simago. Aunque el Simago lleve 20 años sin existir. En ese Simago me compré mi primera película porno, fui con el abrigo de mi padre puesto, porque pensaba que me dotaba de un más que creíble aspecto de adulto, luego le solté en el mostrador a la cajera todo el monederío que había sacado de la hucha; Le dije “creo que va justo” (yo ya había hecho catorce viajes de investigación previos y sabía de sobra que iba exacto), ella entendió “espero que me guste” y se puso a contarme el argumento de la pelí, una versión X de Star Trek, y lo mucho y muy bien que se vendía, mientras yo sólo quería salir corriendo sin parar hasta llegar a la seguridad de mi dormitorio. Paso junto al burguer Oskar y el Góndola, los dos burguer de barrio de toda la vida de Móstoles. El Oskar, por alguna razón, era el de la gente guay, pero mi familia y yo siempre íbamos a celebrar los cumpleaños al Góndola y yo me atrancaba a sandwiches mixtos y luego me pedía un helado de limón y chocolate. Mis padres me preguntaban qué clase de mezcla era esa, mientras yo salía con mi helado y sonreía con aires de superioridad. Paso junto a la casa en la que me crié. Desde el parque en el que jugué y crecí todas las tardes, miro a las que fueron mis ventanas y me intento imaginar quién vivirá ahí ahora, como estará la casa y recuerdo la vida ahí dentro; A mi madre dándome gritos desde la ventana del baño para que subiera a cenar, o a tirarme cien pesetas para que fuera donde Pedro a comprar el pan o al Dávila a por leche. Miro un rato el portal y me visualizo a mí, subiendo y bajando catorce veces al día esos tres pisos sin ascensor y me pregunto qué habrá sido de Rosi, Pili, Manolo y todos los vecinos que me trataron como a un hijo más y que aun me siguen llamando “Carlitos” si me los encuentro por la calle. Paso por el cole al que fui de peque, donde empecé a cantar en el coro y donde conocí a algunos de los que aun hoy son mis amigos. Por la antigua casa de Felipe y recuerdo todas las tardes yendo o viniendo los dos, de mi casa a la suya o de la suya a la mía, cargados con muñecos de monstruitos, balones o las mochilas del cole. Vuelvo hacia la plaza pasando al lado de la ermita, cerca de las peñas del casco antiguo, donde tuvimos las primeras borracheras en las fiestas del pueblo, compartiendo un mini de cerveza entre 5 ó 6.

Y llego a casa y me preparo algo para comer. Después me siento en el sofá, quizá juego un poco a la Play, o me tumbo al solazo que entra por la ventana y escucho música y leo. Y me quedo con esa sensación un poco de Dorothy al volver a Kansas (si no hago ninguna referencia marica, reviento): Los edificios horribles de ladrillo visto, los parques con zonas de juego con suelo de caucho que antes eran de arena y columpios de hierro, las esquinas, los bares de raciones, la verbena, la ermita, los todo a cien y los mercados, los Kinder, los burguer… Todos son instantáneas de toda mi vida y funcionan como disparadores de recuerdos, de carreras, juegos, risas, besos, llantos, caídas, heridas, exámenes, borracheras y mil historias más.

Así que, no sé si seguiré o no viviendo aquí mucho tiempo, pero es casi imposible que ninguna otra ciudad pueda abarcar tanto como lo hace Móstoles en mi vida. Aunque quizá no sea una gran ciudad.

El primer abrazo

Ayer di el primer abrazo de la que va a ser una buena cantidad de ellos durante el día de hoy.

Me marcho de mi empresa. Una nueva oportunidad ha surgido y voy a arriesgar y probar suerte.

Araceli hoy no iría a trabajar, así que me despedí de ella ayer, la abracé y la llamé Araceline Dion por última vez, al menos como su jefe.

Hoy es mi último día después de tres años de mucho trabajo, muchos cafés, miles de informes y miles de horas dedicadas a intentar dar lo mejor de mí mismo y aprender a ser mejor; mejor empleado, mejor jefe y mejor persona.

El tópico de “echaré de menos a la gente” hoy es más cierto que nunca, aunque creo que siempre lo es, porque en el fondo, para mí, todo se reduce a las personas. Lo demás sale solo.

Mi balance y resumen es bueno, y nada más que bueno. He estado a gusto, tranquilo y feliz durante estos 3 años.

Me imagino la mezcla entre alegría y nostalgia que voy a sentir a lo largo del día: Mientras llego y le pregunto a Cristina si tiene alguna galleta para darme, porque ya llego con hambre. Mientras le digo de coña a Rocío, como todos los días, que deje de quejarse, que acorta la vida. Mientras me acerco a Seguros a ver a mis ex-compañeros y me quedo un rato con Merce diciéndole cualquier barbaridad sexual, que ella encaja con maestría como si fuera un maricón más. Mientras le pido un último café solo largo de café a la chica del Viena Capellanes y el chico rubio de noséquédepartamento que siempre está a esas horas por la cafetería me busca la mirada, como todos los días. Mientras leo y envío el trillón de correos diarios. Mientras veo el puesto de Amparo vacío y lamento que esté pachucha y no vaya a poder despedirme de ella. Mientras Miguel me mande correos desquiciado porque se me ha escapado algún agente a descansar sin darme cuenta y se le caen los netos. Mientras meriende con Inma y la vea comerse su potito de Hacendado o su pulguita de jamón y luego nos pongamos a mirar frikadas por el móvil. Mientras me desconecto de mi puesto y salgo por última vez por esa puerta…

Voy a echar mucho de menos a todos y les estoy muy agradecido, por todo lo que me han enseñado acerca del trabajo, la gente y de mí mismo.

Después de esto me espera una semana de merecidas vacaciones y luego empieza un nuevo episodio.

GRACIAS por todo, compañeros. 🙂

A por ti

Hace un rato whatsappeaba con Alex acerca de la perspectiva un tanto Quién-Maneja-Mi-Barca-Que-a-La-Deriva-Me-Lleva con la que se presenta 2015. Especialmente en lo que conlleva a El Mercado Masculino y la dramática proximidad de mi segundo aniversario como solterona.

Ante todo, que no cunda el pánico, estoy muy Manuela Trasobares, reivindicándome y tan agustamente conmigo mismo y el vivir solo. PERO, utilizo éste, mi, vuestro, espacio para realizar este llamamiento público.

Tú, hombre joven de espíritu y cuerpo bien conservado. Independiente, que no despegado. Inteligente y con inquietudes pero alejado de la pedantería. Que vives a gusto con tu masculinidad/homosexualidad y no necesitas vender motos a nadie. Aficionado al deporte (entendiendo por “deporte” el hacer algo más que estar en el gimnasio levantando pesos con la única esperanza de tener brazos y tetas como mis muslos). Que follas como un cazador de lobos de la estepa. Te sabes de memoria la letra de La Gata Bajo la Lluvia (o similar) o cualquier canción de Queen. Lloras con La Sirenita (o similar) sin avergonzarte porque pienses que compromete tu hombría. Te sabes de memoria las pelis de Ghibli (++ ❤ ) y te encantaría hacer un fin de semana de maratón de Harry Potter o todas las pelis de Marvel. Que te encantaría ver La Cosa Más Dulce con tu media Naranja y montaros una coreografía en el momento “No Puede Caber Aquí” para luego pedir chino, follar y dormir haciendo el koala. Que tu domingo ideal sería levantarte más bien pronto, salir a echar una carrera con el perro, ducharnos, tomar un desayuno de 8 platos, bajar a pasear y tomar unas cervezas, saltarnos la comida e ir directos a la siesta-polvo, dedicar la tarde a las filias/aficiones de cada uno y reencontrarnos para cenar y acostarnos pronto. Que sabes que media luna adelante y puño siempre será un Hadouken y dónde se escondían las vidas ocultas en el Super Pang. Que no ves como algo malo que haya sido fan histérico seguidor de Mariah Carey y aceptas mi reciente obsesión con Sara Bareilles aunque haga música un tanto cursi y, como dice David, para lesbianas. Aficionado al yoga y la meditación. Amante de la buena comida, el buen vino y que te guste cocinar. Que te gustan las pelis de terror y las comedias románticas, aunque sean propaganda infernal de un amor dependiente e insano perpetrada por guionistas de corazones reptilianos. Y, sobre todo, que dejaste los dramas y la pasivo-agresividad atrás hace mucho tiempo y ahora te centras en sonreír, ser mejor persona y tratar a los demás de forma respetuosa.

Sé que estás ahí fuera y salgo a por ti.

Yo iré sin medias negras y con ropa interior opcional

Yo iré sin medias negras y con ropa interior opcional

Mientras te encuentro, seguiré conformándome con los Whopper y la música para lesbianas.

Crecer y amar. Y vivir.

Mientras esperaba que el autobús arrancase y saliésemos del intercambiador, me puse a buscar en el móvil el disco que escucharía durante el viaje. Entonces, por el rabillo del ojo, vi a un chico sentado en el lado opuesto del bus, que miraba por la ventana hacia fuera y hacía gestos.

Pude ver que llevaba un papel en la mano y que se comunicaba a través de la ventana con otro chico que estaba fuera.

Los dos tendrían los 18 años recién cumplidos. Eran delgados y llevaban encima cierto exceso de post-producción para mi gusto; Pelos repeinados y encrestados, mucha ropa, muchos complementos, bolso y todas y cada una de las prendas y accesorios imprescindibles para el chico gay del nuevo mileno. Todos unos Little Monsters.

El chico del autobús alternaba la lectura del papel que llevaba en las manos con las miradas hacia fuera, leía un poco, se llevaba la carta —claramente era una carta— al pecho, miraba por la ventana, los dos se sonreían. Seguía leyendo, volvía a mirar hacia fuera.

Empecé a imaginar la jugada:

El chico de fuera había estado escribiendo la carta durante un buen rato. Quería sorprender a su chico y hacer algo bonito por él. Decirle lo enamorado que estaba. Cuánto había esperado el momento de conocerlo y lo feliz que le había hecho el que llegara a su vida. Probablemente habría algún dibujo o algo parecido también.

Habrían estado toda la mañana paseando por el invierno de Madrid, con su cielo sin nubes, el sol que deslumbra y el viento helado en las mejillas. Habrían mirado discos y posters en la Fnac, probablemente se habrían comprado alguna chuchería para picar y algún refresco en una tienda de alimentación regentada por una familia china y se lo habrían tomado en algún banco al sol, aguantando estóicamente el frío.

Seguramente bajaron toda la cuesta de San Vicente caminando entremezclados con la gente que volvía de pasear y tomar cervezas en el Rastro, resignados a que lunes se fuera acercando poco a poco y tener que volver a la rutina diaria.

Habrían llegado al intercambiador y entonces le habría dado la carta.

-Toma, es para ti.

-¿Qué es?

-Por favor, no la leas hasta que estés dentro del autobús.

Y una vez dentro habría leído la carta.

Probablemente después se pasó todo el viaje hasta Móstoles cruzando Whatsapps con el otro chico. Diciéndole que él también siente lo mismo y las ganas que tiene de volver a verle para poder besarle y demostrarle que están hechos el uno para el otro.

Y yo, mientras escucho a Modelo de Respuesta Polar y sigo mirando al chaval, recuerdo lo que es estar ahí. El desear amar con cada fibra de tu cuerpo, estar dispuesto a hacer cualquier sacrificio, porque entonces vives con la convicción de que el sacrificio es una prueba más del amor entre dos personas. El anteponer la felicidad de otra persona a la tuya misma porque ese amor que sientes es el eje de rotación de tus días. La emoción de las primeras escapadas, con la sensación de que tienes ante ti a la vida, abriéndose en canal para que saltes dentro, agarrado de su mano, los dos juntos. Y hacer todo lo que quieras con ella, porque tienes 18 años y es tu momento para coger las riendas. El nerviosismo del primer sexo, rápido, incómodo y desacompasado, en el que asistes con asombro a descubrir tu propio cuerpo y la operativa de su deseo y te sorprendes intuyendo la forma en que se puede acoplar a otro cuerpo.

Las primeras frustraciones y la angustia. Fruto de la mezcla del desengaño y la decepción con uno mismo. Las infidelidades, no comprenderlas. Los celos, la inseguridad y todos los venenos que llegan por primera vez y que tienes que aprender a enfrentarlos por ti mismo y no siempre de la manera más adecuada.

El ensayo y error constante.

Y sigo con el rebobinado, ya tengo casi 33 años y ese Carlos desde luego que no volverá, como no volverán tantas cosas por las que voy pasando mentalmente y que se han quedado ahí, a píe de página, configurando la leyenda del mapa que soy ahora mismo.

el chaval se baja del bus y camina rápido con su cartita en la mano y el móvil en la otra. Casualmente se ha bajado en la que fue la parada de mi casa durante toda mi infancia y adolescencia. Lo veo alejarse mientras el autobús arranca de nuevo y vuelvo a ver un recuerdo borroso de mí mismo alejándose de la parada del autobús y caminando por el que fue mi barrio. Ya no vivo el amor como antes. O quizá ya no “desvivo” el amor como antes. Y decido que estoy satisfecho con cómo, cuánto y a quiénes he amado.

E intento adivinar qué pensaré de la forma de amar que tengo ahora cuando pasen otros 15 años y alguna imagen me vuelva a hacer desandar lo andado por un rato y ver la belleza de todos los pedazos de mi vida, incluso los dolorosos. Porque estar vivo es precioso y sufrir también es estar vivo.

POYW

Resulta que soy cursi. Lo sé, me lo dijiste cientos de veces: “a veces eres demasiado cursi”. Sinceramente, pienso que soy cursi todo el tiempo, las 24 horas del día, cursi e infantil; aunque lo quiera disfrazar de otras muchas cosas. Cursi, cursi y cursi.

Y por mi cursilería, mi estupidez y mi pequeño desequilibrio mental me comporto como lo hago. De una manera bastante estúpida (¿absurda?). No sé, ahí está.

Desde luego que intento no darle tanta importancia a las cosas que no deberían tenerla; tú mismo lo dijiste: (y puedes desdecirte cuando quieras) “quizá no es un final, quién sabe, a lo mejor volvemos a estar juntos algún día, no hay que darle tantas vueltas”. Así, como dejándolo en las manos del azar, de las cosas que nos pasan cada día y que desencadenan en otras. Pero evidentemente, el miedo a la incertidumbre y a lo inesperado, o directamente el miedo a perder el miedo fue lo que te llevó a no dejar que el azar haga nada en absoluto.

No sé ni entiendo por qué necesitamos tantas etiquetas para fingir ser uno mismo y no limitarnos a serlo y punto. Y casi conseguiste hacerme creer que ser o hacerse el duro es ser fuerte y ser sensible es ser débil, pero estoy seguro de que no tiene lo más mínimo que ver una cosa con la otra. de hecho, a mi manera, me considero una persona fuerte.

En el lado del patetismo; aun sigo durmiendo fatal, por el simple hecho de saber que no estás “ahí” (dentro del amplio espectro semántico que puede abarcar “ahí”). Todavía me sorprendo haciendo cosas totalmente cotidianas y recordando lo poco que costaba hacerlas pensando que también ibas a disfrutarlas conmigo. Aun sigo mirando nervioso (histérico) a los lados cuando paso por determinados sitios, calles, o locales a determinadas horas, con la esperanza de girar la cabeza y verte ahí. Verte ahí para no hacer nada, o lo que es aun peor, hacer algo radicalmente opuesto a lo que hubiera hecho de manera natural o espontánea, porque esa es mi naturaleza: ensayar mil veces las cosas mentalmente, para dar con la postura que transmita entereza, buen rollo y simpatía; un “estoy bien, me alegro de verte y me alegro de que estés bien” y acabar soltando algo que nada tiene que ver y que sólo consiga hacer que mi presencia te incomode aun más y yo me odie más por no haberme limitado a decir lo que realmente siento y pensando que eso hubiera funcionado mucho mejor.

La gente siempre insiste en lo mismo: “él no te merecía” o “él no te convenía”, y me siento absurdo cuando tengo que escucharlo, porque parece que soy el único gilipollas sobre la faz de la Tierra que no siente eso y que piensa que me merezco lo quiero, y que a quien quiero es a ti. Y acabo sintiéndome como si esta pena y este dolor los tenga porque me los esté buscando yo solito y porque me de la real gana sentirme así. (y sé que es lo que tú piensas también).

Retomando la cursilería, sigo pensando que estamos hechos el uno para el otro, o mejor dicho, que estás hecho para mí, porque ya sabemos que el ser humano es egoísta por naturaleza y hace de bien común lo que sólo es bueno para él. Entendiendo “estar hechos el uno para el otro” como gustarnos, querernos y disfrutar de estar juntos, llevarnos bien y divertirnos, punto.

En el lado de la rabia, me molesta esa maldita obsesión tuya por querer estar solo y aislado del mundo, convenciéndote de que así vas a arreglar algo, pero luego me odio por intentar dar lecciones a nadie y no dejar a la gente que viva su vida de la manera que ha decidido. (pero ahí volvemos a lo del egoísmo).

No entiendo que me digas que sí que quieres estar conmigo, que me echas de menos, que me añoras y me deseas, pero renuncias a mí. Sólo por miedo. Entonces es cuando me entran ganas de abofetearte y decirte que dejes el miedo a un lado y simplemente dejes que las cosas pasen y caigan por su propio peso, y que disfrutes de lo que tienes. Pero eso es volver a ser cursi.  Evidentemente, si hubieras sido un cabrón, o si me hubieras dicho que resulto patético y que me aparte de tu camino, todo esto se hubiera hecho mucho más fácil, porque tendría que tolerar esa frustración y punto.

Y según escribo esto, creo que lo único que hago es darte la razón constantemente con mis palabras y mis actos.

Con mis cursilerías.