Móstoles no es una gran ciudad.

La inmensa mayoría de mis cuatro lectores sabe que vivo en Móstoles.

Móstoles, que pasó de ser una ciudad dormitorio a crecer y crecer hasta ser lo que es hoy en día: con sus más de 45 kms cuadrados de superficie y sus más de 200.000 Habitantes. Con sus alcaldes, porque fueron dos, que fueron los primeros en declarar la guerra a los franchutes en 1808. Sus empanadillas, sus Supremas, su Christian Galvez y su Iker Casillas. Y su Kaperucito, para servirles.

El otro día, cenando con Alex y David, ponía por enésima vez sobre la mesa mi dilema respecto a quedarme viviendo aquí o mudarme a Madrid. Ahora, que voy a ganar algo más en mi nuevo trabajo, podría plantearme compartir piso en Madrid o incluso buscarme un estudio pequeño para mí solo sin que supusiera morir de pobreza, inanición y aborrescencias varias. Por otro lado, existe la posibilidad de seguir de amo de llaves en la que fue la casa familiar e ir invirtiendo dinero en adecentarla y ponerla más a mi gusto.

Móstoles es fea. Punto. no hay el menor interés en salir a dar una vuelta o tomar unas cañas un domingo soleado, porque, en términos generales, no hay nada que ver. Edificios y edificios de ladrillo visto y un centro antiguo que podría ser bonito si la especulación no se hubiera cargado todas las casas bajas para construir más y más edificios y edificios de ladrillo visto. Esto es así.

Pero, de un tiempo a esta parte, estoy muy reivindicativo de la vida de barrio, aunque sea en Móstoles. Y dentro de mi paradójica línea de llevarme la contraria a mí mismo como nadie, me gusta salir a mañanear; ir al Mercadona a comprar salmorejo Hacendado, a los maxi chinos mastodónticos a admirar la cantidad de mierdas inservibles y adorables que se pueden llegar a fabricar en China, bajar al morofrutas a comprar algo de verdura para la comida, quedar los viernes con los chicos y cenar tomando cervezas en La Barbería. E incluso salir a pasear un domingo soleado.

Me gusta salir a caminar durante un par de horas y pasear por toda la ciudad. Casi siempre hago el mismo recorrido: subo hasta la plaza del pueblo, que la remodelaron cuando llegó el metro y ya ni parece una plaza. Paso por lo que fueron Galerías Rodrisa y y Galesar, donde veía juguetes de pequeño, cuando mi padre me llevaba a dar una vuelta los domingos y me compraba un Kinder Sorpresa, que devoraba en tres segundos y después rezaba a todos los dioses para que no me tocara ningún coche, avión ni medio de automoción alguno en la sorpresa. También paso junto a la fuente de los peces, donde nuestras madres no nos dejaban beber agua porque decían que los yonkis limpiaban ahí las jeringuillas. Subo por toda la avenida de la Constitución, que sigue siendo nuestra Gran Vía particular y decadente; con las mercerías de toda la vida, la lechería de Los Combos, la tienda de patatas fritas El Cisne y las tiendas de imitación de perfume a granel. Subo hasta la que será, per secula seculorum, La Rotonda del Simago. Aunque el Simago lleve 20 años sin existir. En ese Simago me compré mi primera película porno, fui con el abrigo de mi padre puesto, porque pensaba que me dotaba de un más que creíble aspecto de adulto, luego le solté en el mostrador a la cajera todo el monederío que había sacado de la hucha; Le dije “creo que va justo” (yo ya había hecho catorce viajes de investigación previos y sabía de sobra que iba exacto), ella entendió “espero que me guste” y se puso a contarme el argumento de la pelí, una versión X de Star Trek, y lo mucho y muy bien que se vendía, mientras yo sólo quería salir corriendo sin parar hasta llegar a la seguridad de mi dormitorio. Paso junto al burguer Oskar y el Góndola, los dos burguer de barrio de toda la vida de Móstoles. El Oskar, por alguna razón, era el de la gente guay, pero mi familia y yo siempre íbamos a celebrar los cumpleaños al Góndola y yo me atrancaba a sandwiches mixtos y luego me pedía un helado de limón y chocolate. Mis padres me preguntaban qué clase de mezcla era esa, mientras yo salía con mi helado y sonreía con aires de superioridad. Paso junto a la casa en la que me crié. Desde el parque en el que jugué y crecí todas las tardes, miro a las que fueron mis ventanas y me intento imaginar quién vivirá ahí ahora, como estará la casa y recuerdo la vida ahí dentro; A mi madre dándome gritos desde la ventana del baño para que subiera a cenar, o a tirarme cien pesetas para que fuera donde Pedro a comprar el pan o al Dávila a por leche. Miro un rato el portal y me visualizo a mí, subiendo y bajando catorce veces al día esos tres pisos sin ascensor y me pregunto qué habrá sido de Rosi, Pili, Manolo y todos los vecinos que me trataron como a un hijo más y que aun me siguen llamando “Carlitos” si me los encuentro por la calle. Paso por el cole al que fui de peque, donde empecé a cantar en el coro y donde conocí a algunos de los que aun hoy son mis amigos. Por la antigua casa de Felipe y recuerdo todas las tardes yendo o viniendo los dos, de mi casa a la suya o de la suya a la mía, cargados con muñecos de monstruitos, balones o las mochilas del cole. Vuelvo hacia la plaza pasando al lado de la ermita, cerca de las peñas del casco antiguo, donde tuvimos las primeras borracheras en las fiestas del pueblo, compartiendo un mini de cerveza entre 5 ó 6.

Y llego a casa y me preparo algo para comer. Después me siento en el sofá, quizá juego un poco a la Play, o me tumbo al solazo que entra por la ventana y escucho música y leo. Y me quedo con esa sensación un poco de Dorothy al volver a Kansas (si no hago ninguna referencia marica, reviento): Los edificios horribles de ladrillo visto, los parques con zonas de juego con suelo de caucho que antes eran de arena y columpios de hierro, las esquinas, los bares de raciones, la verbena, la ermita, los todo a cien y los mercados, los Kinder, los burguer… Todos son instantáneas de toda mi vida y funcionan como disparadores de recuerdos, de carreras, juegos, risas, besos, llantos, caídas, heridas, exámenes, borracheras y mil historias más.

Así que, no sé si seguiré o no viviendo aquí mucho tiempo, pero es casi imposible que ninguna otra ciudad pueda abarcar tanto como lo hace Móstoles en mi vida. Aunque quizá no sea una gran ciudad.

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15 comentarios en “Móstoles no es una gran ciudad.

  1. Me diste ganas de conocer Móstoles 🙂
    Yo creo que la grandeza está dada por los recuerdos, por los sentimientos que evoca cada esquina, cada calle… Móstoles puede no ser una gran ciudad para otros pero suena que sí lo es para vos

    Un beso!

  2. Oh. Me encantó. Además, estaba escuchando una playlist moñas Starbuckera de Spotify y de repente fue todo como muy nostálgico y bonito. Cada vez más fan de Kaperucito ❤ Y yo también he pedido siempre helado de limón y chocolate! Es una mezcla perfecta: ácido con dulce, claro con oscuro. ¡Separados al nacer!

    Besos, majo.

  3. Como habitante de ciudad dormitorio del sur de Madrid te entiendo perfectamente, son feas, incluso horrorosas, todos pensamos antes o después en irnos pero no se que tienen que seguimos aquí, quizás sea esa mezcla de barrio – pueblo que nos hace sentir cierta pertenencia.

  4. Todo un gran manuscrito en el que nos haces sentir pequeños y grandes a la vez. Muy identificativo,y si, quiero conocer Móstoles.

    Enhorabuena💟

  5. He aterrizado por aquí un sábado por la mañana, hojeando (si puede decirse así) nuestro grupo de Facebook por el que ahora me paso poco, y me ha encantado tu post, Carlos. Muy bien escrito, muy sentido, y muy cierto también. Qué tendrán los sitios donde vivimos que, aunque no sean los más bonitos del mundo, guardan cientos de valores y recuerdos. Un saludo!

      1. El punto no es por donde no pasa, sino que deja al pasar. O mejor dicho, como queda el lugar tras el paso del tiempo, que nos roba y que nos deja. Y sobre todo, como nos lo hace ver. El futuro aun no existe. El presente es una fraccion infinitesimal del tiempo, que inmediatamente se convierte en pasado, que a su vez desaparece. Lo que llamamos “pasado” es en realidad una recreacion personal y subjetiva de lo que una vez fue presente, y que por eso solo existe en nuestra mente. El grado de ficcion de esa percepcion nuestra del pasado es lo que el tiempo nos ha robado o nos ha dejado..¿Resulto demasiado aburrido? Eso puede ser tambien una percepcion subjetiva o quiza una realidad insoslayable…

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