Crecer y amar. Y vivir.

Mientras esperaba que el autobús arrancase y saliésemos del intercambiador, me puse a buscar en el móvil el disco que escucharía durante el viaje. Entonces, por el rabillo del ojo, vi a un chico sentado en el lado opuesto del bus, que miraba por la ventana hacia fuera y hacía gestos.

Pude ver que llevaba un papel en la mano y que se comunicaba a través de la ventana con otro chico que estaba fuera.

Los dos tendrían los 18 años recién cumplidos. Eran delgados y llevaban encima cierto exceso de post-producción para mi gusto; Pelos repeinados y encrestados, mucha ropa, muchos complementos, bolso y todas y cada una de las prendas y accesorios imprescindibles para el chico gay del nuevo mileno. Todos unos Little Monsters.

El chico del autobús alternaba la lectura del papel que llevaba en las manos con las miradas hacia fuera, leía un poco, se llevaba la carta —claramente era una carta— al pecho, miraba por la ventana, los dos se sonreían. Seguía leyendo, volvía a mirar hacia fuera.

Empecé a imaginar la jugada:

El chico de fuera había estado escribiendo la carta durante un buen rato. Quería sorprender a su chico y hacer algo bonito por él. Decirle lo enamorado que estaba. Cuánto había esperado el momento de conocerlo y lo feliz que le había hecho el que llegara a su vida. Probablemente habría algún dibujo o algo parecido también.

Habrían estado toda la mañana paseando por el invierno de Madrid, con su cielo sin nubes, el sol que deslumbra y el viento helado en las mejillas. Habrían mirado discos y posters en la Fnac, probablemente se habrían comprado alguna chuchería para picar y algún refresco en una tienda de alimentación regentada por una familia china y se lo habrían tomado en algún banco al sol, aguantando estóicamente el frío.

Seguramente bajaron toda la cuesta de San Vicente caminando entremezclados con la gente que volvía de pasear y tomar cervezas en el Rastro, resignados a que lunes se fuera acercando poco a poco y tener que volver a la rutina diaria.

Habrían llegado al intercambiador y entonces le habría dado la carta.

-Toma, es para ti.

-¿Qué es?

-Por favor, no la leas hasta que estés dentro del autobús.

Y una vez dentro habría leído la carta.

Probablemente después se pasó todo el viaje hasta Móstoles cruzando Whatsapps con el otro chico. Diciéndole que él también siente lo mismo y las ganas que tiene de volver a verle para poder besarle y demostrarle que están hechos el uno para el otro.

Y yo, mientras escucho a Modelo de Respuesta Polar y sigo mirando al chaval, recuerdo lo que es estar ahí. El desear amar con cada fibra de tu cuerpo, estar dispuesto a hacer cualquier sacrificio, porque entonces vives con la convicción de que el sacrificio es una prueba más del amor entre dos personas. El anteponer la felicidad de otra persona a la tuya misma porque ese amor que sientes es el eje de rotación de tus días. La emoción de las primeras escapadas, con la sensación de que tienes ante ti a la vida, abriéndose en canal para que saltes dentro, agarrado de su mano, los dos juntos. Y hacer todo lo que quieras con ella, porque tienes 18 años y es tu momento para coger las riendas. El nerviosismo del primer sexo, rápido, incómodo y desacompasado, en el que asistes con asombro a descubrir tu propio cuerpo y la operativa de su deseo y te sorprendes intuyendo la forma en que se puede acoplar a otro cuerpo.

Las primeras frustraciones y la angustia. Fruto de la mezcla del desengaño y la decepción con uno mismo. Las infidelidades, no comprenderlas. Los celos, la inseguridad y todos los venenos que llegan por primera vez y que tienes que aprender a enfrentarlos por ti mismo y no siempre de la manera más adecuada.

El ensayo y error constante.

Y sigo con el rebobinado, ya tengo casi 33 años y ese Carlos desde luego que no volverá, como no volverán tantas cosas por las que voy pasando mentalmente y que se han quedado ahí, a píe de página, configurando la leyenda del mapa que soy ahora mismo.

el chaval se baja del bus y camina rápido con su cartita en la mano y el móvil en la otra. Casualmente se ha bajado en la que fue la parada de mi casa durante toda mi infancia y adolescencia. Lo veo alejarse mientras el autobús arranca de nuevo y vuelvo a ver un recuerdo borroso de mí mismo alejándose de la parada del autobús y caminando por el que fue mi barrio. Ya no vivo el amor como antes. O quizá ya no “desvivo” el amor como antes. Y decido que estoy satisfecho con cómo, cuánto y a quiénes he amado.

E intento adivinar qué pensaré de la forma de amar que tengo ahora cuando pasen otros 15 años y alguna imagen me vuelva a hacer desandar lo andado por un rato y ver la belleza de todos los pedazos de mi vida, incluso los dolorosos. Porque estar vivo es precioso y sufrir también es estar vivo.

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2 comments

  1. Nisamar · enero 30, 2015

    ¡Me ha encantado el post! Es muy bonito cuando presencias escenas de ese tipo, y te hacen viajar en el tiempo y recordar aquellas maneras de “desvivir” el amor, comprobar como el paso del tiempo y las experiencias nos han ido enseñando, y cambiando, y hacernos evolucionar.

    • kaperucito · febrero 20, 2015

      Muchas gracias Nisa!

      Sobre todo me gusta el ver cómo las piezas han ido encajando hasta hacer lo que uno es hoy en día. :O)

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