D+B+yo

ria

Decido comerme los dos pasteles mientras voy en el autobús, rodeado de forofos futboleros con camisetas y bufandas; llevo la mochila, llena de calzoncillos, calcetines y camisetas sucias en mi regazo e intento organizar mentalmente el terrible lunes post-vacacional que me espera mañana.

No acierto a decidir si los pasteles me gustan o si simplemente los estoy tragando por inercia. Quizá en realidad tengo todo sentido del gusto desactivado o en modo avión.  La cuestión es que tengo hambre, pero ni pizca de ganas de comer. Estómago cerrado. Ya sé lo que significa. Tampoco lo necesitaba como indicador.

Repaso mentalmente estos seis días: los repaso e intento encontrar algo a lo que echarle la culpa sin que parezca injusto o gratuito; algo que cualquier persona consideraría razón suficiente para estar así. No quiero achacarlo a un mero síndrome post-vacacional, eso es algo que tengo más que superado y soy una persona capaz de volver a la rutina sin sentir que se está entregando a los brazos de un Dementor.

En realidad es una mezcla marciana, difusa: Hay rabia y cabreo, mezclados con una tristeza enorme; y ya. Quizá no es tan difuso. Aunque enseguida me obligo a recordar que gran parte de estos días no ha sido así, ¡qué carajo! De hecho la inmensa mayoría del tiempo he sido muy feliz; Me he reído, he paseado, he visto el mar, me has llevado a sitios preciosos, he comido, he bebido, he descansado. He sido muy feliz, de veras.

Así que vuelvo a pensar en el síndrome post-vacacional y decido que es él el que, como un detonador marca ACME, ha activado todos los resortes para que la mierda cotidiana aflore y salga a flote demasiado pronto y con demasiada fuerza para aguantarlos después de 5 horas de coche compartido y otra más de metro y bus.

Pero no es sólo eso. También ha habido amargor durante estos días. Y no puedo evitar recordar la otra tarde caminando solo por la rivera de la Ría sintiéndome mierda y con la angustia cogida al pecho. Cabreado contigo por haberte convertido de repente en una especie de espejo que sólo me lanza el reflejo de mis inseguridades: estoy más calvo, más gordo, más viejo, tengo una actitud altiva equivocada, me estoy convirtiendo en alguien un poco más misántropo y moriré soltero y devorado por mis gatos.

Me cabreo contigo porque coges algo tan íntimo y le das el valor de una mera actividad mercantil y actúas como todos aquellos a los que tanto he criticado. Pero no puedo permitirme cabrearme porque realmente eres adorable, una buena persona y eres mi amigo. Y el cabreo se vuelve contra mí, por querer ir de especialito, porque mi individualidad y mi ir contracorriente apestan a una propaganda secreta lanzada por mis mierdas y mis miedos. Si no tuviera tantas historias en la cabeza, ¿sería como todos? ¿Sería como tú? ¿Es mi cabreo, en realidad, envidia?

Y acabo decidiendo que sí, que con quien estoy cabreado como un mono es conmigo mismo, y que no tengo el más mínimo derecho a juzgar tu vida ni la de nadie y mucho menos a echaros la culpa de ninguna de mis neuras. Sí, soy un rarito y sí, voy a la contra de los demás, pero no soy mejor que nadie. Y me repito esto como si no fuera algo que ya supiese desde hace mucho tiempo.

Al final me he comido los dos pasteles enteros; estaban muy ricos, esto es algo meridiánamente cierto, punto. Muchas gracias por comprármelos. Te veo la semana que viene, quizá te pido que me traigas otro par.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s