The Happy Drunk Dancer o el Síndrome Massieliano.

Ayer fuimos a las fiestas de la Paloma. 

Se está convirtiendo en una especie de ritual anual que nos juntemos Ai, Alex y yo para ir a las Vistillas junto con algún/os acólito/s rotatorio/s que siempre dotan a la cosa de novedad y exotismo. Este año vinieron José, Lluis, su novio Óscar y otros cuatro tipos a los cuáles mi misantropía intermitente timidez me impidió presentarme. 

Alex y yo, para no perder hábitos y costumbres fraternales, empezamos a beber latas de cerveza como si fueran Néctar de la Vida Eterna; llóvido en forma de latas del cielo. El cual es distribuido eficiéntemente por multiétnicos consignatarios celestiales, que se encuentran franquiciados en La Tierra con sus bolsas de plástico colgando del brazo. Fácilmente pudimos beber unos 2 litros de cerveza cada uno, y oye, tan pichis.

Ni qué decir tiene que nos entregamos al baile desenfrenado mientras Rosa De España y sus nódulos se desgañitaban literalmente en el escenario de la plaza. 

Yo soy un borrachín feliz, todo el mundo me lo dice; que me pongo muy gracioso y muy salao. Y el recuerdo que tengo es de eso: una gran felicidad. La unión con mis amigos del alma, el toquetearnos, que te cojo, que te volteo, que nos hacemos un porté, que nos refregamos un poquito, reírnos, canturrear…

Y miraba a José y Óscar: no bailaban, nada, CERO. Se limitaban a estar de píe ahí a nuestro lado, y los 4 desconocidos-satélites tampoco. Y mientras Alex, Ai y yo, como las locas, dábamos botes y réplica nodular a Rosa De España, no podía parar de acordarme de esa frase de Facebook tan sobada del “baila como si no te estuvieran viendo” y entre mis etílicos y firmes aspavientos, vueltas y zapateados, veía a los que podemos denominar El Comando Estático y me daban penita. No penita de una manera chunga, sino una penita compasiva porque creo que algo dentro de todo el mundo que no baila realmente sí quiere hacerlo.

Bailar es divertido, y más en este tipo de eventos. No estás en Mira Quién Baila; con unos cuántos jueces de acentos aputurrados -me lo acabo de inventar, sí- decidiendo si te vas a tu casa o sigues despatarrándote en la televisión nacional una semana más. Estás en un parque o plaza, entre casetas de comida refrita y puestos que venden fundas de móvil medievales, rodeado de señoras en camisolas XXL con estampados de flores y gente con diferentes grados de borrachera a los que realmente les-da-igual-cómo-bailes. Y tú estás ahí, quieto, estático, aguantando estóicamente los eternos minutos de Raffaela Carrá, Celia Cruz, Thalia y Mago de Oz, lanzándote como mucho a mover un poco el píe y los hombros, pero no te unes a la orgía comunal del baile. Y me da pena.

Estoy seguro que habrá gente que de verdad odie bailar, lo aborrezca, sea capaz de clavarse los píes al suelo si le llevas a un evento así, pero en general, soy de la teoría de que casi todo el mundo, cuando se lanza, lo disfruta. Como el niño que tiene pánico a meterse al agua y luego hay que sacarlo a rastras de la piscina.

Y siento pena y algo de vergüenza, porque yo soy igual: Si no bebo y me pongo achispado (me vais a permitir el eufemismo), no bailo, nada, CERO. Ergo, realmente no soy tan diferente. si estoy sobrio, no bailo, me da vergüenza, la mitad de las canciones con las que me descoyunto estando piripi me resultan insultántemente cutres, como si yo perteneciera a la élite élfica del gusto músical y estuviesen poniendo uno detrás de otro todos los exitos de los los 40 Principales Orcos. Sin embargo, si bebo, me convierto en una bailarina etrusca incansable, capaz de bailar La Macarena como si fuera el Lago de los Cisnes. Lo que genera esa sensación de culpabilidad de “solo bailo contentillo, si no, soy una seta” que no me mola.

Y yo contaba todo esto porque de un tiempo a esta parte la bebida social o recreativa me plantea un serio debate interno. Por un lado, un post de mi admirada Marina me hizo considerar más firmemente la posibilidad de dejar de beber. El acohol es objetivamente malo, lo cual es chungo, punto. Y me hace sentir mal lo radical en plan tolerancia cero que me pongo con otras cosas, por ejemplo, con el tabaco, y luego me bebo las litronas de dos en dos con un desparpajo ma-ra-vi-llo-so. 

Y es que aunque, sin ser yo Massiel ni nada de eso, que se me podría considerar un bebedor ocasional y que noches como la de ayer, de empinamiento codil agudo, ocurren cada mogollón de meses. Con todo y con eso, especialmente ahora en verano, al final la cañita o cañitas de después del trabajo son más frecuentes de lo que uno piensa, y a lo tonto, acabas pimplando bastante. 

Una vez un tipo al que yo admiraba (en realidad era más bien una especie de encoñamiento hormonal-sentimental), me dijo que el alcohol era algo terapéutico, y muchas veces yo, medio de coña, repito sus palabras para justificar las copichuelas. Pero el tipo en cuestión acabó resultando ser un atormentado que en realidad no se aguanta a sí mismo, así que no sé si debería ser alguien parafraseable (Supongo que quien está hablando ahora es la Glenn Close despechada que vive dentro de mí). Y me imagino que la palabra terapeútico debería ser sustituida por vía de escape.

Lo cual me vuelve a llevar a la misma cuestión:

El Comando Estático y yo en realidad estamos más cerca de lo que parece: Si siguiera la filosofía de Facebook y en la vida bailará como si no me estuvieran viendo, ¿Prescindiría totalmente del alcohol?

 

 

 

 

 

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