En mi casa no hay radiadores en la cocina, no es una elección ni nada parecido, se construyó así.

Esa es la razón por la que, durante estos días de frío de pelotas, cuando entro a la cocina me llevó un fresco bofetón de bajada de unos cuantos grados de temperatura.

Nunca le he dado demasiada importancia, de hecho, ha sido más bien todo lo contrario, cada vez que volvía a entrar en el salón siempre mi cabeza me decía “qué gustito” ^ω^.

Pero esta tarde he pensado en la casa antigua, en la que vivíamos mis padres, mis dos hermanos y yo, donde no había calefacción en ninguna habitación de la casa y la humedad chorreaba (literalmente) por las paredes. Dónde la caldera del agua funcionaba a duras penas y teníamos que calentar ollas de agua en el fuego para bañarnos y suena medio tercermundista, pero así era la vida, y así viví casi 20 años de mi vida.

Y por un lado, flipo un poco con cómo es la mente de un niño de maravillosa. Porque siendo niño jamás vi ningún problema en las gotas de agua cayendo por la pared, ni en las puertas que no cerraban por lo hinchadas que estaban por la humedad, ni en tener que poner 4 mantas a la cama en invierno y dormir con el pijama metido por dentro de los calcetines o tener que calentar ollas de agua para bañarme. Era mi vida, era lo que conocía y estaba bien así.

Por otro lado, pienso en lo putas que tuvieron que pasarlas mis padres para llevar adelante a 3 críos con el sueldo de mi padre, pagar la hipoteca, y comer y entiendo que no pudieran costearse poner calefacción cuando (por fin) el Gas Natural llegó a mi edificio o que yo tuviera que heredar casi toda mi ropa y que los calcetines tuvieran más remiendos que la cara de Cher.

Y me maravilla más aun, que sin haber ido al colegio en su vida más que un par de años, habiendo aprendido a leer ella solita y teniendo que hacer malabares mes a mes para poder darnos de comer, mi madre me diera una educación que ya la quisieran para sí muchos de los niños de papá, malcriados y estúpidos con los que he tenido que lidiar a lo largo de mi vida.

Por todo esto, y por estar ahora mismo escribiendo en un confortable, cálido y agradable salón.

gracias papá y mamá.

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